¿Qué hacemos con la basura?
El problema del tratamiento de residuos afecta a nuestra ciudad, y estamos conscientes de ello. Pero no sólo Mar del Plata debe lidiar con esta problemática. Qué hacemos con lo que no sirve, con los desechos, se ha vuelto un grave problema a nivel mundial: ya que el mal tratamiento de los residuos trae aparejada una enorme contaminación, y su buen tratamiento nos puede dar muchos beneficios.
Dice Zygmunt Bauman en su libro “Vidas desperdiciadas” que “renovándose cada día, la ciudad se conserva a sí misma en la única forma definitiva: la de los desperdicios de ayer que se amontonan sobre los desperdicios de anteayer y de todos sus días y años y lustros”.
Es así. La sociedad de consumo en la que estamos inmersos desde hace tiempo conlleva no sólo las consecuencias por todos conocidas como incrementos del consumo, poca durabilidad de las cosas, modas efímeras y personas que darían todo por tenerlo todo; sino que también es la causa de una problemática en la que poco se ha pensado y de la cual poco se ha hablado: la basura.
Tan sencillo es. Todo lo que consumimos produce desperdicios. Desde la cáscara de una banana o sobrantes de comida (desechos orgánicos y fácilmente tratables), hasta un auto o un televisor en desuso. Y ni hablar de los residuos peligrosos, como aquellos de índole nuclear o patológica. El período de la Guerra Fría fue responsable de una enorme cantidad de desperdicios que, además de excesivamente tóxicos para la salud humana, son muy difíciles de tratar e inclusive de transportar.
Surge al menos una pregunta: ¿qué hacemos con toda esta basura? ¿La dejamos por ahí, a su buena suerte, sin pensar en las consecuencias? La realidad es que últimamente esta opción se ha vuelto bastante compleja. Tenemos un ejemplo claro en nuestra ciudad, ya que hace algunas semanas la Corte Suprema de la Provincia de Buenos Aires se comprometió a estudiar la factibilidad del actual predio de disposición de residuos municipal, ante los recursos de amparo presentados pidiendo su clausura. En nuestro país esto es poco menos que nada, porque no se tomó ninguna medida en concreto; pero lo que debe rescatarse es el hecho de que estos temas están cada vez más instalados en la agenda municipal, nacional e internacional.
La cuestión fundamental es tener en cuenta que un buen tratamiento de los residuos nos producirá muchos beneficios, pero consumirá constancia y voluntad de las personas que decidan emprender la tarea. Analizaremos ahora algunas de las posibilidades que existen para el tratamiento de los desechos orgánicos, que son los de más fácil tratamiento.
Los restos de comida, los desechos forestales o los excrementos de animales pueden ser procesados al menos de tres formas. Una de ellas es el compostaje: mediante un proceso de descomposición natural se puede obtener abono de los desechos alimenticios y de los jardines o “desechos verdes”. Además de reutilizar los residuos húmedos, se facilita enormemente el reciclado de los secos, como vidrios, plásticos, papeles, etc. La ciudad de Saint-Philbert, en Francia, está a la cabeza en el desarrollo de este proceso. Allí, la misma población (en el año 2002) consiguió el financiamiento para abrir un centro de compostaje colectivo de 2500 metros cuadrados en el centro de la localidad. Comenzó una campaña de concientización en la sociedad, logrando que tres veces por semana el centro reciba los residuos verdes de los habitantes. Estudios realizados dan cuenta de los beneficios: en Francia, a nivel general, cada persona arroja 400 kilos de basura por año; pero en Saint-Philibert, específicamente, la cifra se reduce notoriamente a solo 135 kilos. Los países con un mayor porcentaje de tratamiento por compostaje son Austria con un 40%, Holanda con 23% y Bélgica con el 22%.
Otra alternativa se da a partir de la biodigestión anaerobia. Se denomina así al proceso por el cual se obtiene biogas a partir de desechos orgánicos. Esta práctica no es para nada novedosa, siendo muy usual en las zonas rurales, sobre todo a partir de excrementos animales. En la actualidad, el proceso puede hacerse en forma casera o de una manera más industrializada, lo que permitiría, con biodigestores de mayor tamaño, proveer de gas a amplias zonas.
Si bien el combustible obtenido no tiene las mismas características que el de origen fósil (contiene índices mayores de metano y monóxido de carbono), mediante un adecuado tratamiento puede emplearse en reemplazo de aquél. Los países donde más se emplea este medio de tratamiento son China e India.
En China se desarrolló, a instancias del gobierno, el primer programa de biogas a gran escala durante los años ‘70. Se instalaron 7.000.000 de biodigestores que brindan gas para cocinar y alumbrar a unos 25 millones de habitantes, además de 10.000 biodigestores de tamaño grande y mediano que le dan electricidad a las granjas. En la India, el programa se lanzó en 1985, instalándose 280.000 biodigestores de pequeña escala. Actualmente se está comenzando a producir en ése país biogás a partir de los desechos industriales, sobre todo de las granjas lecheras, que durante muchos años fueron una fuente importantísima de contaminación de los ríos.
El etanol lignocelulósico es otra alternativa, y consiste en la conversión de residuos forestales en bioetanol, combustible que se emplea para reemplazar a la nafta derivada del petróleo. La tecnología empleada para realizar esta conversión aún se encuentra en proceso de investigación, ya que es mucho más complejo que con los vegetales. La madera contiene celulosa, y su descomposición en moléculas de glucosa demanda costos muy altos, al menos por ahora.
En los últimos dos casos nos encontramos con procesos que atienden a la vez dos necesidades: la del tratamiento de los residuos y la de abastecernos de combustibles, teniendo en cuenta la crisis energética que se avecina.
En cuanto al resto de los residuos, por medio del reciclaje o un tratamiento adecuado (especialmente en el caso de residuos nucleares y patológicos) puede disminuirse notablemente su incidencia sobre el medio ambiente. El procesado de los desechos húmedos conduce a facilitar el reciclado del resto.
Más allá de todo lo dicho, debe disminuir la cantidad de basura. De no ser así, el planeta no lo aguantará. Como afirma Bauman en el libro mencionado al comienzo, “coches usados, coches declarados agotados, y por consiguiente, ya no deseados, eran estrujados por prensas gigantescas que los reducían con esmero a cajas de chapa. Las cajitas de chapa, sin embargo, no desaparecen del mundo. De la chapa, tal vez, fundirán nuevo hierro y nuevo acero para nuevos coches, y de este modo la basura se transformará luego en basura, ligeramente aumentada”
por Melisa Centurión
