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‘En nuestra cultura esto es alegría(…) es pa’ bailar, pa’ gozar”, dice Cuero con orgullo.

Juan Cuero, un tumaqueño de 33 años, asegura que es intérprete de currulao desde que nació, y recuerda con nostalgia que a los 12 años recibió 45 mil pesos por la primera marimba que elaboró.

Desde entonces, no ha parado de fabricarlas.

Pero el desempleo y la necesidad de sostener a Isa Yalena, su hija de 6 años, lo alejaron de su sueño de dedicarse a la música y lo obligaron a migrar a Nueva York, un barrio de la localidad de Kennedy, al que llegó hace un año, cuando empezó a trabajar como recolector de basura.

Siempre en busca de material

A las 10 de la noche, el ruido de una sirena interrumpe la calma de Fontibón. Niños en pantuflas y señoras empiyamadas corren con una bolsa negra tras el camión maloliente para que los recolectores de basura no la pierdan de vista.

Uno de ellos, Juan Cuero, avanza con agilidad en busca de los desperdicios en cada esquina. Con la ayuda de dos láminas de madera recoge la basura que está regada en el andén: pañales, cáscaras de papa y un tubo de PVC que reserva celosamente en el bolsillo de su overol.

“Sólo tengo un tubo de estos para la resonancia de la marimba, entonces, si me encuentro otro no lo puedo dejar tirado”, dice contento mientras explica que lleva un mes labrando la madera de chonta y reuniendo el material reciclado que necesita para terminar de fabricar este instrumento de percusión.

Mientras trabaja, Juan es ágil en sus movimientos. No puede parar. Corre detrás de las bolsas de basura como si estuvieran llenas de dinero, las lanza hacia el depósito que procesa los desechos y después salta hacia el camión, toma un descanso y se limpia las gotas de sudor que brotan de su piel negra.

A Juan no le molesta el olor que producen los desechos porque, según él, ese es el olor natural de la comida. Pero acepta que lo más complicado de su labor son las ofensas de los usuarios: “A veces ellos aprovechan la más mínima oportunidad para hacerlo sentir mal a uno”.

Rítmos de libertad

Cuando el cansancio del trabajo no da tregua, la música es su mejor aliciente. Por eso, repite con el acento caribeño que lo caracteriza el coro de su canción preferida de Bob Marley: ‘Get up stand up’. “Me gusta esa canción porque nos invita a luchar por nuestros derechos”.

El recorrido del camión termina, por lo general, a las 2 de la mañana en el relleno sanitario Doña Juana, en el sur, y Juan se ve contento porque, después de ocho horas de trabajo, se puede ir a descansar. “Siento que me gané el día de trabajo, que hice algo por la vida”, dice.

En su tiempo libre, Juan siempre busca un espacio para conectarse con su música: “Cuando estoy nostálgico voy a Internet y busco en Google a Genaro Torres y Hugo Candelario y se me pasan hasta dos horas escuchando currulao”.

Entonces, se acuerda de ese pescado frito con arroz que todos los días le servía Mahana, una cocinera del municipio; de las mañanas de domingo en las que se iba a jugar fútbol a la playa y, sobre todo, de las interminables fiestas con las que despedían a sus muertos.

“Cuando se murió un amigo, fuimos con las rezanderas a tocar marimba y rumbeamos desde las 10 de la noche hasta las 4 de la mañana, y como éramos muy cercanos a él, ya teníamos la excusa de ir todos los fines de semana a tocar hasta que la familia se aburrió y dijo que dejaran descansar a su hijo”, anota.

Para Juan la llegada de las funerarias a Tumaco y el furor con el que los jóvenes acogieron el reguetón están deteriorando las costumbres ancestrales que él quiere mantener. Por eso los fabricantes de marimbas son cada vez más escasos.

Pero él se resiste a olvidar el currulao con el que celebraron su nacimiento y con el que quiere que lo despidan cuando muera. Trabaja a diario en la fabricación de una marimba que cataloga como rústica porque, dice, “yo no quería belleza, eso después se puede arreglar, sino un buen sonido de marimba; entonces, lo que hago es conseguir la madera y el plástico del camión de basura para ver si la puedo terminar en un mes”.

Con la parte de la marimba que ya está retocada empieza a interpretar ‘La caderona’.

Su rostro revela la alegría que provocan las varitas de caucho cuando golpean las teclas de madera chonta y dice con sentimiento: “En nuestra cultura esto es alegría, esto es rumba pa’ bailar y pa’ gozar. Por eso es que la marimba no debe morir. Y así yo sea recolector de basura o profesor de matemáticas, el sonido de la marimba, el cununo y el guasa tienen que estar presentes, porque para mi la música es libertad y si no tengo libertad no tengo vida”, concluye.

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